Gabinetes de curiosidades: el mundo en una habitación
Imagen: Gabinete de Ferrante Imperato (1599). Wellcome Collection, CC BY 4.0
En 1599, el boticario y naturalista napolitano Ferrante Imperato publicó Dell’Historia Naturale, una extensa obra dedicada al estudio de minerales, plantas y animales. Entre sus páginas incluyó un grabado que mostraba una habitación extraordinaria. Las paredes estaban cubiertas de estanterías repletas de libros, recipientes y objetos de toda clase. Del techo colgaban peces, reptiles y otras criaturas conservadas. En el centro, varios visitantes examinaban la colección mientras uno de los anfitriones les señalaba algunos ejemplares.
Aquella habitación existía. Era el gabinete que Imperato había reunido en Nápoles, cuya representación constituye uno de los testimonios visuales más tempranos de los gabinetes de curiosidades. Lo que hoy podría parecernos una acumulación desordenada respondía a una intención muy concreta: estudiar la naturaleza a través de los objetos que la representaban.
Durante los siglos XVI y XVII, colecciones semejantes se multiplicaron en Europa. Recibieron distintos nombres, entre ellos Wunderkammern, o cámaras de maravillas, y constituyeron una de las expresiones más singulares de la curiosidad intelectual de su tiempo.
El mundo reunido en una habitación
La Europa renacentista estaba descubriendo que el mundo era mucho más amplio y diverso de lo que había imaginado. Las expediciones marítimas, el comercio con territorios lejanos y la circulación de libros e ilustraciones pusieron al alcance de los europeos plantas, animales, minerales y objetos cuya existencia desconocían.
Algunos de estos ejemplares terminaron en manos de príncipes y aristócratas. Otros llegaron a las colecciones de médicos, boticarios, comerciantes y estudiosos de la naturaleza. Cada propietario organizaba su gabinete de acuerdo con sus intereses, sus recursos y, en ocasiones, su particular concepción del universo.
En una misma habitación podían encontrarse una mandíbula de tiburón, una moneda romana, un instrumento astronómico, un coral y una pequeña escultura de marfil. La separación entre disciplinas no respondía todavía a las categorías que hoy nos resultan familiares. La historia natural, el arte, la medicina y la astronomía compartían espacios y preguntas.
Para aquellos coleccionistas, reunir objetos significaba algo más que poseerlos. Cada pieza ofrecía la posibilidad de observar una forma, establecer una comparación o reconocer una propiedad desconocida. Las colecciones podían funcionar como lugares de estudio, aunque también como escenarios de exhibición social.
El gabinete pretendía ofrecer una imagen del mundo en miniatura. Una empresa imposible, desde luego, pero comprensible en una época en la que los límites del conocimiento parecían desplazarse continuamente.
Naturalia y artificialia: la naturaleza y las obras del hombre
Muchos gabinetes distinguían entre los naturalia, objetos procedentes de la naturaleza, y los artificialia, aquellos producidos por la habilidad humana. Algunas colecciones incorporaban también una categoría específica, los scientifica, para los instrumentos científicos y técnicos.
Entre los primeros se encontraban fósiles, minerales, plantas secas, conchas y animales disecados. Los segundos comprendían esculturas, piezas de orfebrería y otros objetos elaborados por artesanos.
La distinción, sin embargo, no siempre era tan sencilla.
Una concha de nautilo podía convertirse en una copa ceremonial mediante una montura de plata cuidadosamente trabajada. En ella se admiraban tanto las formas creadas por la naturaleza como la destreza necesaria para transformarlas en una obra de arte.
También despertaban interés los objetos que parecían desafiar las explicaciones conocidas. Los corales, por ejemplo, suscitaron durante mucho tiempo preguntas acerca de su naturaleza. ¿Pertenecían al reino vegetal, al mineral o al animal?
Estas dudas no eran necesariamente obstáculos para el coleccionista. A menudo constituían precisamente el motivo para conservar y estudiar un ejemplar.
Un lugar para lo verdadero y lo improbable
Los gabinetes albergaban también piezas que hoy consideraríamos fraudulentas, mal identificadas o sencillamente fantásticas.
Uno de los objetos más apreciados era el supuesto cuerno de unicornio, al que se atribuían propiedades medicinales y la capacidad de neutralizar venenos. En realidad, muchos de aquellos cuernos eran colmillos de narval, un cetáceo que habita las aguas del Ártico.
La presencia de estos objetos revela hasta qué punto la observación y las creencias tradicionales podían coexistir.
No todos los coleccionistas aceptaban las mismas explicaciones, ni todos perseguían idénticos propósitos. Algunos buscaban verificar lo que habían leído en los textos antiguos; otros se interesaban por las propiedades medicinales de las especies o por las técnicas de fabricación de los instrumentos.
La posibilidad de examinar directamente un objeto adquiría una importancia creciente. Sin embargo, disponer de una pieza auténtica no garantizaba interpretarla correctamente. El colmillo de un narval podía ser perfectamente real y, al mismo tiempo, servir como prueba de la existencia de un animal imaginario.
Esa contradicción permite comprender mejor el momento histórico al que pertenecían estas colecciones. El conocimiento no avanzaba mediante una sustitución inmediata de las antiguas creencias por explicaciones científicas. Ambas formas de interpretar el mundo convivieron durante mucho tiempo, a veces incluso en la obra de un mismo estudioso.
El prestigio de poseer lo extraordinario
La curiosidad intelectual no explica por sí sola la expansión de estos gabinetes. Reunir una colección importante requería dinero, relaciones comerciales y acceso a objetos difíciles de conseguir.
En Praga, el emperador Rodolfo II reunió una célebre colección de pinturas, instrumentos científicos, objetos naturales y piezas de extraordinaria elaboración. Su corte atrajo a artistas, astrónomos, alquimistas y estudiosos interesados en distintas formas de conocimiento.
La colección expresaba los intereses personales del emperador, pero también contribuía a proyectar una imagen de autoridad y refinamiento cultural. Mostrar objetos que pocos podían adquirir era una manera de demostrar hasta dónde llegaban los recursos y las conexiones de su propietario.
Esta dimensión política se extendía más allá de las cortes europeas. Numerosas piezas procedían de territorios de Asia, África y América, y llegaban a través de circuitos comerciales y coloniales marcados por relaciones profundamente desiguales.
Los objetos eran extraídos de sus contextos originales y adquirían nuevos significados dentro de las colecciones europeas. Una pieza ceremonial, por ejemplo, podía ser exhibida únicamente por la rareza de sus materiales o por su apariencia, sin que su propietario comprendiera la función que había tenido en la sociedad de origen.
Por eso, estudiar los gabinetes implica también preguntarse quién reunía aquellos objetos, cómo los obtenía y quién tenía autoridad para explicar su significado.
De los gabinetes de curiosidades a los museos modernos
A medida que avanzaron los siglos XVII y XVIII, las formas de coleccionar y estudiar objetos comenzaron a transformarse. El desarrollo de métodos de clasificación más sistemáticos y la especialización de las ciencias modificaron los criterios utilizados para reunir y ordenar los ejemplares.
Las semejanzas visuales y la capacidad de despertar admiración fueron perdiendo parte de su importancia frente a otros criterios de identificación, comparación y estudio.
Algunas colecciones privadas terminaron formando parte de instituciones públicas. El Ashmolean Museum, inaugurado en Oxford en 1683, tuvo su origen en las colecciones reunidas por los Tradescant y posteriormente adquiridas por Elias Ashmole. En Londres, la colección del médico y naturalista Hans Sloane fue uno de los pilares de la creación del British Museum, fundado en 1753 y abierto al público en 1759.
No hubo una transformación uniforme ni repentina. Los primeros museos conservaron durante mucho tiempo características de las antiguas colecciones, y el interés por lo raro y excepcional nunca desapareció por completo.
Lo que cambió gradualmente fue la manera de justificar la presencia de los objetos y de establecer relaciones entre ellos.
Un fósil, una pintura y un instrumento astronómico podían seguir siendo igualmente valiosos, pero ya no necesariamente por las mismas razones ni dentro de una única representación del universo.
La curiosidad antes de la clasificación
El grabado del gabinete de Ferrante Imperato muestra a varios hombres reunidos alrededor de unos objetos. Uno señala, los otros observan. No sabemos qué están diciendo ni qué preguntas se formulan. Pero la escena permite reconocer una actividad que sigue siendo familiar: alguien encuentra algo que desconoce y desea examinarlo.
Cuatro siglos después, nuestros instrumentos para estudiar el mundo son incomparablemente más precisos. También lo son nuestros sistemas de clasificación y las posibilidades de acceder a información.
Sería absurdo, por tanto, idealizar los gabinetes como si representaran una forma de conocimiento más libre o más auténtica que la actual. Sus colecciones estaban atravesadas por errores, prejuicios y desigualdades que conviene reconocer.
Sin embargo, conservan un interés que va más allá de su contribución a la historia de los museos.
Nos muestran una época en la que reunir objetos podía constituir un intento de comprender las relaciones entre fenómenos muy diferentes. La pregunta por el origen de una concha, la fabricación de un mecanismo o la procedencia de una piedra podía conducir a otras preguntas que el coleccionista no había previsto.
Hoy tendemos a buscar información dentro de categorías previamente establecidas. Aquellos gabinetes, con sus asociaciones a veces insólitas, permiten observar qué ocurre cuando objetos de procedencias y naturalezas distintas se encuentran en un mismo espacio.
Quizá lo más interesante de estas colecciones no sea lo que sus propietarios consiguieron conocer, sino todo aquello que todavía no sabían cómo explicar.
Fuentes y lecturas complementarias
- University of Oxford. Ferrante Imperato (1599). Sobre el gabinete napolitano y su representación en Dell’Historia Naturale. https://www.cabinet.ox.ac.uk/ferrante-imperato-1599
- The Metropolitan Museum of Art. Collecting for the Kunstkammer. Sobre las cámaras de maravillas y las prácticas de coleccionismo en la Europa renacentista. https://www.metmuseum.org/en/essays/collecting-for-the-kunstkammer
- Ashmolean Museum, University of Oxford. History of the Ashmolean. Sobre las colecciones de los Tradescant y Elias Ashmole y los orígenes del museo. https://www.ashmolean.org/history-ashmolean
- The British Museum. Sir Hans Sloane. Sobre su colección y su importancia en la fundación del British Museum. https://www.britishmuseum.org/about-us/british-museum-story/sir-hans-sloane
